Hay días en los que el cuerpo pesa más que el alma. Días de dolor, de dependencia, de salir de casa solo cuando es estrictamente necesario. Días en los que el pensamiento puede llegar a lugares oscuros.
Aquel día, una persona mayor, muy castigada por la salud —un 75% de discapacidad— y por una rutina de veinte pastillas diarias que no siempre ofrecen consuelo, pensó en cómo dejar de sufrir para siempre. Sabía que, como le había advertido el médico, una dosis más alta de aquellos fármacos podía ser letal. Y, cansado y deprimido, no se lo pensó mucho más.
En la cocina, mientras iba a buscar agua para hacer una locura, dejó las pastillas sobre unos folios. Pero no eran unos papeles cualquiera: eran el borrador de un libro de Joaquín Romero.
Cuando volvió con el agua, cogió las pastillas. Y justo entonces, sin buscarlo, sus ojos se detuvieron en una escena concreta del texto: un momento de fiebre muy alta, un cuerpo que no responde, y la indicación sencilla del médico —agua fría— que permite recuperar la movilidad y explicar después lo que había ocurrido.
Aquel contacto inesperado con el texto surtió efecto. No sabe muy bien por qué. Pero algo se ordenó por dentro. Guardó las pastillas. Volvió a sentir la cabeza clara. E, incluso, le entraron ganas de hacer un poco de magia —una afición que siempre le había gustado.
El resto del día transcurrió con una calma nueva.
Como si alguien, sin saberlo, le hubiera hecho un pequeño favor.
Barcelona, febrero 2026
