El otro día fui de excursión con unos amigos. Fuimos a hacer snorkel. La idea era visitar una cala y, después, una cueva. Estuvimos unas dos horas en el agua, disfrutando de la cala, y antes de dirigirnos a la cueva, comimos algo. El día pintaba perfecto: buena temperatura, muchos peces, excelente compañía… ¿Qué podía salir mal?

Tras comer, emprendimos el camino hacia la cueva, un sendero de unos 40 minutos por la montaña. Aunque estaba bien señalizado, tenía cierta dificultad. Al llegar, nos encontramos con un lugar precioso, pero el calor tras la caminata era tal que no pudimos disfrutar mucho de las vistas y decidimos entrar rápidamente al agua. Horas más tarde, regresamos a la cala inicial, satisfechos tras un día espléndido. Apenas usamos el móvil, salvo para tomar un par de fotos. No hacía falta, además, no había cobertura. Lo usamos tan poco que, hasta el momento de irnos, no me di cuenta de que lo había perdido. Fue al volver al coche cuando me percaté de que no lo encontraba por ninguna parte…

Decidimos encomendar el asunto. Yo siempre recurro a Joaquín Romero cuando pierdo algo. Ya me ha ayudado en varias ocasiones; es un auténtico crack. Mis dos amigos, en cambio, se encomendaron a Isidoro Zorzano. Cuando recuperamos la cobertura, intentamos localizar el móvil, pero al estar apagado o sin señal, fue imposible. Tenía que haberse perdido en la cueva o de camino a ella, ya que en la cala recordaba haber tomado un par de fotos. Subimos al coche y, durante el viaje de regreso, no dejaba de pensar:

“Esta vez no lo conseguirás, Joaquín… es imposible, vete a saber dónde está”.

Empecé a valorar las opciones. Probablemente tendría que comprar un nuevo móvil, ya que para el trabajo lo necesitaba cuanto antes.

Al llegar a la casa de mi amigo, donde estábamos veraneando, lo primero que hice fue llamar a mi padre desde el teléfono de uno de mis compañeros. Le expliqué que ese sería mi número provisional, por si surgía alguna emergencia. También le comenté que, si al día siguiente no lograba localizar el móvil, compraría uno nuevo, ya que en 3 o 4 días volvía al trabajo. Eran alrededor de las 20:00, y me dí 24 horas para intentar recuperarlo antes de rendirme.

Poco después, decidí probar suerte desde el portátil. Dicen que lo último que se pierde es la esperanza. Aunque ya había asumido que el móvil estaba perdido, quise intentarlo una vez más, animado quizá por los favores que Joaquín ya me había hecho en el pasado. No conseguí localizarlo, pero descubrí que había estado activo una hora antes. ¡Buenas noticias! Corrí a buscar a un amigo y tratamos de llamarlo. ¡Había señal! Aunque al principio nadie contestaba…

Llamamos tres o cuatro veces más, y finalmente lo cogieron: era la Policía Nacional del municipio. ¡Tenían el móvil! Al día siguiente fuimos a recogerlo. No se me ocurrió preguntar cómo había llegado hasta ellos, pero no me cabe duda de que tanto Joaquín como Isidoro tuvieron algo que ver.

¡Muchísimas gracias a los dos! No volveré a dudar de vosotros. ¡Lección aprendida!